El limbo de los justos

Ya nada parece de verdad Continuó, seria y contundente todo parece un chiste, hasta los silencios en las conversaciones parecen ideados, planificados y por último puestos sin más ahí, como un bolso que te pones simplemente porque combina o porque todo el mundo espera que lo lleves, porque es así y punto, forma parte de la estructura.
Por ejemplo, yo te miro y veo a una persona y no, no veo a la persona que realmente está mirándome, te veo como un poco más, idealizado quizá porque pareces uno de esos chicos.
(Aquí introduje un severo bostezo)
¿Uno de esos chicos?Pregunté sin mayor satisfacción que intuir que su siguiente frase sería «Sí, uno de esos chicos»


Sí, uno de esos chicos Dijo alegrando a mi vanidad de futurólogo Ya sabes, uno de esos chicos repitió Que parecen estar aquí, muy cerca de mi boca y que parece que quieren saber lo que digo, lo que pienso, un soñador, quizá que piensa que un poco de paciencia y de té con leche acabará por bajarme las bragas en un sucio portal.
(Resoplé)
No es mi in… Odio cuando alguien no me deja acabar las frases, parece que se quedan en el limbo de los justos, sesgadas como las pobres cabezas de los niños que ajustició Herodes
Ya, lo sé, no es tu intención bajarme las bragas, tú eres un chico bueno, de caracter afable y con cierto talento para hacer reir a muchachas dispuestas a dejarse consolar y todo eso Creo que dijo mientras yo imaginaba mi frase condenada por Herodes
El caso Intenté argumentar algo parecido a: «el caso es que no sé a que viene eso, no sé nada de esta puta conversación y es muy molesto para mí que me encasilles sin que me hayas dado la oportunidad de abrir la boca en medio de tus cacareos» pero sólo pude decir El caso es que no me conoces, y posiblemente yo a ti ta…
– Aquello empezaba a parecer un campo de exterminio de mis frases Sí, ya sé que no me conoces y que posiblemente yo a ti tampoco, pero se nota, se nota en muchas cosas, por ejemplo Y comenzó la enumeración, como un martillo, de los síntomas faciales y corporales por los cuales ella, docta sin género de dudas, sabía a ciencia cierta que yo, el frasi-corto, estaba totalmente rendido a sus , innumerables, encantos
(Miré por primera vez su cuerpo, su cabello era negro y largo, sus pestañas eran hermosas y alargadas y sus ojos bellos, sus pechos entraban dentro de lo que pudieramos entender como unos pechos adolescentes y por tanto jugosos, sus rodillas eran blancas y la falda que llevaba resaltaba cualquier tímida intención de fornicar esa noche, no obstante su forma de hablar era grosera e intimidatoria, infantil y prepotente, sus uñas estaban sucias y sus dientes desaliñados por su absoluta falta de tacto, su voz parecía sacada de una vieja película de motoristas suecas y no paraba de remover el café con lentitud y caos)
Tienes razón le dije con la convicción de que ésta, mi primera o segunda frase concluida de la noche, sería por tanto la última Estoy absolutamente rendido ante tus encantos y me encantaría que en un gesto de gratitud por tu parte me hicieras una felación.
Ella miró a la sala y tras un leve contoneo de caderas comenzó a recoger sus estúpidos bolígrafos multicolores y a ponerse su abrigo, me miró y tras un leve segundo en el que, ingenuamente, pensé que me haría una mamada, se escapó corriendo del lugar sin siquiera despedirse
Si hubiese tenido ganas de cometer una violación y por tanto un delito, la hubiese perseguido calle abajo con la bragueta abierta y su nombre en mis labios, pero no, apuré el café de un sorbo y comencé a pensar que quizá ese día no lo olvidaríamos nunca.